Berat, quizás el corazón de la Albania auténtica. Por Montenegro y Albania (VI)

Caminamos entre las casas de piedra que dieron a este lugar el titulo de “la ciudad de las mil ventanas” (foto superior). Aunque la zona está a la sombra, la mañana es muy calurosa y apunta a serlo mucho más. Unos metros más allá en la estrecha calle de suelo empedrado, dos personas hablan en voz alta. Le robo una foto a una de ellas, una señora mayor con velo sobre la cabeza, a la que llamaremos en lo sucesivo ‘la abuela’.

La abuela

Cuando llegamos a su altura, la abuela se nos abalanza encima, me agarra del brazo y empieza a señalar un callejón empinado que baja mientras nos dice ‘chiesa, chiesa’ (en italiano, iglesia). Bajando por las irregulares y hasta peligrosas escaleras, la señora va murmurando algo ininteligible y cuando nuestras miradas se cruzan, insiste de nuevo con el mantra ‘chiesa, chiesa‘. Está claro que va de guía turística hasta que comprobamos que nanay. Sin dejar de descender, nos mira con ojos de carnero degollado mientras se señala la boca diciéndonos con cara de pena ‘mangiare, mangiare’. Pensanos que se le ve bastante experta en estas artes mientras rebuscamos en nuestra cartera al tiempo que ella se agarra a mi brazo con más fuerza. No sé si pretende intimidarme o simplemente intenta no romperse la cadera en un costalazo. Recoge las monedas, las mira con cierto desdén y seguidamente nos fulmina con un gesto de desaprobación. La abuela ha visto en la cartera un billete de 20.000 leks (160 euros) y lo que le hemos dado le parece poco. Pero nosotros también vamos a necesitar mangiare hoy y, a falta de billetes menores, le damos todas las monedas que tenemos. Ya estamos en la puerta de la chiesa, nos ha llevado al objetivo (no buscábamos la iglesia, pero a ella nunca le importó). Mira de nuevo las monedas, vuelve a refunfuñar y en un momento de despiste, la abuela desaparece del escenario.

En la iglesia, que es el pequeño monasterio de San Espiridión, hay una boda. Por lo que se ve, se casa Urania, porque sus amigos y familiares han decorado la galería de entrada al pequeño templo con cintas de colores, globos, un gran rótulo con su nombre, obsequios y unas cestas con dulces. Nos asomamos al templo para curiosear la boda según la iglesia cristiana ortodoxa pero nos miran raro, Será por nuestras pintas de turistas, Nos damos la vuelta y seguimos nuestro camino.

Llevamos en Albania desde la madrugada del viernes pero hemos tenido que llegar a Berat para sentir que nos aproximábamos a los que podría ser el corazón del país. Leo que esta ciudad de cerca de 60.000 personas y que fue declarada en 2008 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco está considerada como la más antigua de Albania. La atraviesa el serpenteante río Osum, que hoy viene turbio por la tormentas con las que nos recibió a nuestra llegada ayer tarde. A la derecha de la foto esta el barrio de Gorica, el territorio de la abuela. En la margen opuesta, Mangalem, donde está nuestro hotel y la expansión reciente de la ciudad, y Kalaja, la antigua ciudadela, en lo alto de la colina por encima de Mangalem.

Y CÓMO NO, LA FOTO DE GATOS DEL DÍA

Estas son las vistas con las que nos obsequian en nuestro hotel. Es la llamada a la oración vespertina.

El islam y el cristianismo conviven con normalidad en Berat. Mezquitas y templos ortodoxos comparten espacios a pocos metros. Los vecinos son amables, no necesitan saber inglés para entenderse con los turistas con tres palabras justas, dos gestos y una sonrisa. El visitante se sorprende de los precios tan económicos y se ve empujado a dejar propinas generosas ante tanta amabilidad, tanta belleza ancestral y una comida tan rica, en la que el tomate sabe a tomate, el pollo a pollo, el vino blanco local es una delicia y… bueno, todo es tan barato…

En este domingo de agosto, varias parejas de novios hacen cola para fotografiarse en el viejo puente de piedra del siglo XVIII

Y alguna de ellas es víctima de este maldito paparazzo occidental

El día pasa plácido con un ascenso trabajoso a la vieja ciudadela situada en lo alto de uno de los montes sobre los que se asienta la ciudad. Entre sus muros llegaron a erigirse más de treinta iglesias. Hoy es un bonito homenaje a lo que fue el primer asentamiento humano, lleno de discretas tienditas de recuerdos y con unas vistas espectaculares mires por donde mires. Un vendedor de fruta, al que le compraremos un cucurucho de ricas ciruelas, nos señala lo que fueros unos antiguos calabozos en la era comunista y al preguntarnos de donde somos, responde con una sonrisa: “Ahhh, Espania… telenovela”. Ya estamos otra vez.

Descendemos al hotel y nos preparamos para salir a cenar. Un mesón tranquilo, sólo alterado por el lejano eco de los videos horteras de Balkanic MTV (pero muy muy horteras).

Un agradable paseo bajo las mil ventanas iluminadas que nos miran. Tal vez la belleza de la Albania auténtica. Nos preguntamos quién sabe cuánto le quedará hasta que sea arrasada por el tsunami de la maldita globalización..

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“Albania ¿capital?” Por Albania y Montenegro (V)

Estamos en Albania. Esta frase habría sonado hace años poco menos que a aventura en un país lleno de misterio, a viaje al pasado, al subdesarrollo, a la dictadura comunista. Nada. Cero. Control Z, F5, fuera prejuicios. No sé si cinco días en el país serán suficientes para lanzarse con alegria a hacer juicios, pero está acabando la segunda jornada y todo lo que estamos viendo nos sorprende para bien tirando a muy bien. Vamos por partes porque hay mucho que comentar tras solo 24 horas en Tirana.

Nuestro alojamiento, el Hotel Prime, está bastante cerca del centro. Y cuando digo centro me refiero a la plaza Skanderberg, un inmenso espacio abierto dedicado al héroe nacional, que preside todo desde una estatua ecuestre situada en la parte sur.

Alrededor de la plaza, grandes museos, un enorme centro cultural, el Banco Nacional de Albania, la mezquita Et’hem Bej, la gran catedral ortodoxa de la Resurrección de Cristo, el centro cultural de arte contemporáneo Bink’Art 2… un tremendo crisol de culturas de antes y de ahora, de los nuestros y tambien de aquellos.

E

En un lateral de la plaza hay una gran fuente de esas de chorritos con muchos niños jugando. El sol cae a plomo y aunque tanto los frescos museos como los chorritos de agua serían posibilidades interesantes, optamos por pasar la hora punta de calor tomando el autobús urbano que nos llevará hasta el teleférico. Hemos de pasar revista de nuestras posesiones desde lo alto.

En lo alto de una cuesta en la parte oeste de la ciudad se toma un teleférico que nos ascenderá en un espectacular recorrido de 5 kilómetros hasta los cerca de 1.000 metros de altura donde está el parque de atracciones del monte Dajt. Hotel restaurante, parque infantil, caballos para montar, vacas para ver, escopetas para disparar a los globos y las latas, rutas senderistas. Hay de tó.

Habrá de tó, sí, pero pasada una hora se acaban las opciones del monte Dajt y se avecinan nubes de tormenta. Tomamos la cabina de regreso y con otro autobus ya estamos de nuevo en el centro. Descendemos por la avenida central, de esas que tienes que plantearte echar a correr cuando vas a cruzar al otro lado si quieres llegar a tiempo, y pasamos ante la sede del gobierno y del Partido de los Trabajadores, además de otras construcciones que evocan épocas pasadas y alguna estrambótica.

Al final de la avenida, otra solemne plaza dedicada a la paisana Madre Teresa da paso al gran parque de Tirana, una especie de Casa de Campo que el viernes estaba llena de familias paseando, de deportistas, de niños, de ciclistas, de vida. Césped cuidado, instalaciones en condiciones, alguna esculturita curiosa…

y al final el parque desciende hacia una agradable ribera del lago artificial, terrazas repletas de animación donde se impuso probar la cerveza local.

Regresamos la atardecer viendo el resto de edificios que nos perdimos a la ida y tras una ducha en el hotel, rematamos la jornada con una gloriosa cena en un restaurante especializado en comida albanesa e italiana, el E Jona. Terraza al aire libre, ambiente acogedor, buenisima comida en la que todo sabe a lo que tiene que saber: una ensalada magnífica para compartir, tres platos de pasta, litro de vino blanco albanés y litro de agua, todo a 8 euros por cabeza. En total, 3,280 leke.

La noche de viernes llena las terrazas en Tirana. La música de los bares de moda retumba en los callejones. Se respira vida en la capital albanesa (ya pondré más fotos, algunas no se han descargado).

Hoy escribo desde Berat, la ciudad de las mil ventanas, declarada Patrimonio de la Humanidad en 2008, con 60.000 habitantes y situada a 140 kilómetros al sur de Tirana. Mañana la conoceremos a fondo y ya os iré contando. Con un apartado especial al tráfico en este bendito país.

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Lago Skader, rio Cjernojevica y adiós a Montenegro (IV)

Dejamos la costa de Montenegro para que la disfruten todas sus oleadas de turistas serbios, rusos, croatas, alemanes y también montengrinos y nos encaminamos hacia el interior. Es nuestro último día en el país. Nos despedimos cordialmente de la familia de nuestro hotelito en Sutomore (no sabemos si son familia, pero nos hemos montado la película de que son madre y hermanos y ya está). La madre sonrió cuando le dijimos que éramos de España y nos contó que trabajó con hispanos en Nueva York. No quisimos preguntarle más al respecto. La hija era la experta en turismo de la zona y cuando le preguntamos cómo bajar hasta a la playa de Buljarica nos preparó la ruta buscándola en Google Maps. -“Ya”, le dije, “pero ¿dónde se toma la bajada a la playa?”. No supo contestar. Buljarica está a solo 12 km. de Sutomore, de su hotel 🙄. Después de eso fuimos hasta alli y tomamos el primer desvío que vimos. Era dirección contraria, pero conseguimos llegar sin que a aquel coche de la policía le importase demasiado que nos topásemos con ellos por el lado equivocado del cruce. Y al chico terminamos bautizándole cariñosamente como ‘Empanao’. Todo sonrisas y voluntad, pero desde que al llegar nos ofreció una habitación doble en la que claramente no cabía otra cama y después iba a mostrarnos otra habitación que ya estaba ocupada, vimos que algo no iba bien.

El colmo fue lo del aparcamiento. El hotel está situado en una cuesta muy estrecha de bajada a la playa y allí todo el mundo aparca donde le da la gana. Haceos una idea con esta foto. La que se monta cuando pasa un autobús.

Los bajos del edificio desde el que tomo la foto son cinco plazas abiertas de parking para los huéspedes. Pero a todas las horas hay coches estacionados en doble fila con el visto bueno del hotel. En la foto, los dos de abajo a la derecha estaban tapando la salaida del nuestro. Sucedía constantemente al llegar y al salir. ‘Empanao’ nos sonreía, nos pedía disculpas y siempre estaba a punto de venir el dueño, fuera el rumano, el austríaco o el sursum corda. En una ocasión, esperando al rumano, trató de sacar nuestro coche por donde no cabía mientras yo ya veía el importe en chapa y pintura. Tuvo que renunciar y volver a a la posición inicial, Todo eso mientras volvía el rumano, de quien no se si me dijo que se había ido al bar o se había ido a Bar, que es la ciudad más cercana hacia el sur. Lo flipante fue cuando al final vino ‘Empanao’ con las propias llaves del coche que estaba impidiendo nuestra salida. Aquí tampoco quisimos preguntar.

Nos dirigimos al lago Skader poniendo rumbo hacia el interior por el tunel de Sozina, casi 5 kilómetros bajo las montañas que presiden las costas de Montenegro. Visitamos Virpazar, punto de embarque para los numerosos turistas que realizan recorridos por el lago.

Sin tiempo para navegaciones, vimos el panorama de calor y multitudes y optamos por subir al castillo restaurado del s.XV donde habia buenas vistas del río y del lago Skader.

Buscando alguna sorpresa antes de dejar Montenegro, leimos en nuestra guía que hacia el oeste del lago había un lugar escondido que merecía la pena visitar, los meandros del río Crnojevica (Rijeka Crnojevica). Junto a este paraje, el pueblo del mismo nombre conservaba los restos del caserón donde veraneaban los reyes de Montenegro cuando apretaba el frío en Podgorica. Alli que nos fuimos por una tortuosa y bonita carretera con vistas. Y qué sitio más agradable al final. Barcas de recreo junto al viejo puente, una terraza que un dia visitó Pierce Brosnan (las fotos de la carta del restaurante daban abundante fe de ello) y un rico pollo a la brasa con unas cervezas.

Y claro, unos gatos posando, cómo no. La gata negra se comió como una cuarta parte de nuestro pollo, la muy jodía. Y cuando no pudo más, fue a llamar al gato, que vino a agradecérnosolo tumbándosenos encima, literalmente, a ronronear sobre nuestras piernas.

De nuevo al coche rumbo a Podgorica. breve visita a la catedral ortodoxa para admirar sus espectaculares pinturas.

Albania, siguiente estación. Promete y mucho.

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Por la costa de Montenegro (III)

Dejamos Kotor con destino al sur del país a lo largo de la costa. Tardaremos en olvidar algunos de los momentos que hemos vivido aquí. Estamos a mediados de agosto y todo va a estar petado de gente. La primera parada es Budva, el centro turístico masivo por excelencia en la costa montenegrina. La ciudad en sí se salva por el stari grad (ciudad vieja) con su muralla y sus callejas estrechas y plagadas de tiendas de recuerdos y de servicios para turistas, que afean bastante el aspecto de las calles, Fuera, nada de nada, Una zona playera bien fea y con pintas de ir a peor, con hoteles mamotretos en obras con toda la pista de terminar de hundir la ciudad.

Como castigo (y porque tengo problemas de wifi y no me he podido descargar todas las fotos que quería), solo pondré una foto bonita de gatos

Y un curioso ejemplo de cómo se las gasta la policía local de Budva si aparcas mal. Ni rampa, ni hostias. ¿Os acordáis de las máquinas a monedas del gancho y el muñeco de peluche? Pues algo así (VIDEO)

 

Y también sorprendemos a la redacción de El Mundo en Budva en un momento de descanso. Se ve que en agosto no hay demasiado ajetreo informativo

La siguiente escala es Sveti Stefan (San Esteban), una estampa de costa idílica que luego llegas y ejem ejem… Un bonito pueblo levantado en una isla /península que se ve tal que así

pero que la han convertido en un hotel privado para gente muy muy exclusiva, Vigilantes cuidan en los accesos de que no te acerques a la entrada y de que no aparques si no es a tomar por el culo del centro. A un lado y al otro del itsmo haya playas que o son privadas o están de bote en bote desde primera hora de la mañana. Oye, por que lo disfruten. La foto esta tomada desde un arcén de la carretera.

El siguiente punto es Petrovac, otro pueblito turistico pero bastante mas familiar. Tiendas y restaurantes también han invadido el paseo junto a la playa, que es un mar de sombrillas que esconde un mar de hamacas. Seguro que en otra época del año es un pueblo encantador,

 

Finalmente nos encaminamos a Sutomore, donde se encuentra nuestro próximo alojamiento. Económico, bien situado, no pediamos más. El pueblo también está haciendo su agosto con los turistas en su mayoría serbios y del propio país, y al llegarnos nos sorprenden ofreciéndonos la mejor habitacíón del establecimiento por el precio acordado. Se ve que no tenían otra donde meter tres camas. El apartamento incluye esta terraza tan molona, donde por las noche nos tumbaremos a ver estrellas y a respirar hondo saboreando que estamos de vacaciones.

Aquí el personal juvenil de fiesta en la playa de Sutomore

Hoy hemos pasado el dia en la cercana playa de Buljarica paseando, dándonos un chapuzón, leyendo y soportando la música del chiringuito cercano. La mayoría de las payas son de piedras y hay que ir convenientemente calzado con esos utiles patucos de agua del Decathlon.

Al regreso sufrimos un atasco enorme seguido de una enorme tormenta que hizo la pascua a los restaurantes de la playa.

Arriba, una vecina que se olía la que iba a caer y se recogió a tiempo. ¡¡Montenegro Tropical!!

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Un fiordo, mil gatos, muchas cuestas y un pareo (II)

En este país hay muchos gatos. No sé si por falta de predadores naturales, por la abundancia de terrazas de restaurantes en zonas turísticas o por lo que sea, pero están por todas partes. Ya pensé algo parecido en lugares como Grecia o Chipre, pero lo de Montenegro es algo descomunal. Una plaga. Durante unas cuantas horas hasta llegamos a creer que eso de Crna Gora que se veía por todas partes tenía que significar ‘Gato Negro’. Porque Crna es Negro, que eso lo sabíamos de nuestra culturilla general de un anterior viaje a Croacia. Lógicamente ‘Gora’ debería ser gato. Pues no. ‘Crna Gora’ = Monte Negro. Simples, que sois unos simples.

Tercera noche en Kotor. Tras la introducción gatuna para ir creando ambiente, toca resumir dos días intensos de sol, templos ortodoxos, caminatas, escaleras traicioneras, vistas increíbles, más escaleras, muchos turistas. Dedicamos la primera mañana básicamente a sudar, beber al agua que podíamos y fuera de eso a recorrer /por la sombra, siempre que fuera posible) esta bellísima ciudad medieval, enclavada en el lugar más recóndito del estuario más flipante que podáis imaginar. Echad un vistazo en Google Maps y os haréis una idea. Le llaman el fiordo más meridional de Europa. Los cruceros entran en una bahía que da paso después por un paso angosto a otra bahía y finalmente a una tercera, Algo así como un lago detrás de otro, y todo encajado en montañas altísimas. Quienes conocéis las Arribes del Duero os podéis hacer una idea, solo que a escala bastante mayor.

Como ya le pasó a Venecia y le esta pasando a Dubrovnik, Kotor está a cinco veranos de morir de éxito turístico. En esta época es habitual que la invasión de visitantes supere de largo a la población local, que no supera los 6.000 habitantes (dato para coger con pinzas). Pero sigue siendo un placer absoluto callejear entre sus caserones de piedra con contraventanas verdes, visitar sus templos cristianos y ortodoxos o toparte con jóvenes músicos callejeros (esto ya de noche) que en cincuenta metros lo mismo te tocan An Englishman in New York de Sting con un violín, un acordeón y un cajón gitano o una cuarteto femenino de cuerda se marca Nothing Else Matters de Metallica. Absolutamente maravilloso.

Kotor, la Cattaro veneciana, está levantada entre el mar y una alta montaña. Desde la ciudad sobre una empinada y antigua escalinata que trepa por la ladera hasta una pequeña iglesia, primero, y ya en lo más alto, hasta una vieja fortaleza. Es una buena opción si os apetece dejaron los riñones y echar el bofe en el intento. Eso si, arriba hay muy buenas vistas. Pero cien metros antes de lo más alto, también las hay, así que para qué morir en el intento. Y sobre todo tened cuidado al bajar, que las losas están muy resbaladizas y cualquiera puede patinar perfectamente y hacerse una avería.

HACIA EL INTERIOR: CUESTAS, CURVAS Y PAREOS FASHION

Hoy, ya con el coche (un reluciente Skoda no se qué prácticamente nuevo) hemos optado por una ruta hacia el interior, con destino al templo sagrado del país, el monasterio de Ostrog. En este país encaminarse al interior desde el mar supone asumir que vas a coger muuchas curvas porque toca ascender a las montañas, Como cuando tu equipo va el último: solo cabe subir. Puede hacerse pesado, pero las vistas compensan absolutamente.

De camino nos detuvimos en Cetijne, antigua capital, donde están enterrados los últimos reyes de Montenegro. Esos que un día con el cambio de régimen tuvieron que salir por patas y con la caída del comunismo fueron recibidos con honores. Solo que para entonces ya estaban un poco muertos. Cetijne es una pequeña ciudad muy agradable.

El monasterio de Ostrog impresiona. Está construido en lugar inverosímil, horadado en la roca a una altura respetable. La carretera te deja más o menos cerca, pero el tramo final se completa, cómo no, subiendo escaleras.

A los templos ortodoxos no puedes ir vestido de cualquier manera. Hay que llevar cubiertos los hombros y las piernas como mínimo. Y si no tienes con qué porque vas de turista impenitente, hay unos grandes cajones con velos y pareos que te solucionan el problema. Hoy me puse dos pareos para visitar templos religiosos y en fin… no hay foto, no puedo subir algo así a internet. Solo hay disponible esta vista parcial.

El regreso a Kotor resultó más tortuoso de la que pensábamos. El señor TomTom se empeña por llevarnos por el camino más corto y aquello estaba dos puntos por debajo de ‘carretera local de la raya portuguesa’ y apenas medio punto por encima de ‘camino de cabras’. En 40 kilómetros de tortura por un frondoso paisaje con cruzamos con cuatro coches. A dos tuvimos que cederles el paso apurando lentamente el borde del asfalto antes de la cuneta, el tercero era una furgoneta que apareció lanzada tras una curva y tuvo que frenar a fondo para no darnos (se quedó a un palmo en cabrón, luego no quise devolverle el bocinazo de saludo) y el tercero y el cuarto fueron una grúa que estaban cargando un coche averiado. Si no se apartan para dejarnos pasar, aún estaríamos de viaje.

En el tramo final antes de atacar el descenso hacia Kotor, el regalo para la vista y el alma.

Y luego el descenso. Sencillito. Ya podrían poner aquí una etapa del Tour. Iban a flipar.

Os dejo por hoy que se me cierran los ojos. Me despido hasta mañana en nombre propio y en el de un invitado que me encontré por la habitación al llegar. Era negro y corría mucho, así que no pude verlo muy bien. Pero después de analizar la situación con calma, he descartado que se trate de Lewis Hamilton porque no cabe debajo de la cama.

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Hola, Montenegro (I)

Seguramente habrá muchas formas de entrar en un país como Montenegro, pero es probable que la más brillante no sea hacerlo a pie por una carretera arrastrando un kilómetro la maletita hasta el puesto aduanero para luego seguir caminando otro kilómetro más en busca de una persona que se supone que te va a reocger. Una persona de la que no sabes más que es mujer, y que conduce un Wolkswagen negro.

Dubrovnik, Croacia, siete de la tarde. Treinta grados. Un joven enorme portando un cartel con mi nombre bien escrito (¡¡¡¡!!!!) nos espera en el aeropuerto para montarnos en su cochazo y llevarnos hasta nuestro hotel en Kotor, Montenegro, primera sede de nuestro viaje. Una hora y media de trayecto. A mitad del camino, nos detenemos para sumarnos a un enorme atasco que sube por aquella carretera en cuesta de la que no se atisba el final. Nuestro conductor llama por teléfono y al colgar, antes de que le pregunte, nos explica el asunto en ese medioinglés de uso internacional que resulta tan útil.

– Es la cola de la frontera. Es que es el límite de la Unión Europea.

– ¿Y cuanto crees que podemos tardar en pasar?

– Pues dos horas bien buenas.

Nuestro conductor nos plantea un plan B, el que que ha diseñado por teléfono. Una compañera suya se encuentra con su coche al otro lado de la frontera y nos propone dejar el coche ahí mismo, en el atasco, y caminar con las maletas “five minutes” hasta la frontera. Alli pasaremos a pie los controles y al otro lado nos recogería el otro coche, el de la chica, para conducirnos a nuestro destino, Pues vamos allá, qué remedio.

Nuestro hombre lidera el grupo (foto de arriba) mientras remontamos los coches detenidos. A la derecha, el acantilado y el mar, con un ferry iluminado que va hacia algún sitio. A pocos metros del puesto fronterizo, donde parece que no se mueve nada, nuestro conductor se despide amablemente. “Aquí ya no se pueden hacer fotos”, me dice. Cómo me ve venir el jodío. Caminamos con las maletitas junto a los coches y haciéndonos los longuis cruzamos el puesto como si aquello no fuera con nosotros, A los diez metros oímos las voces de un policia croata desde atrás. No entendemos nada pero traducimos mentalmente “-Dónde van ustedes? Vuelvan aquí ahora mismo. Tienen que esperar hasta que les toque”.

En cuanto pasa el primer coche, nos abalanzamos a la cabina con nuestros pasaportes y después de un minuto, pasamos sin más problemas. Al otro lado hay una cola de coches similar en sentido contrario. Cae la noche. Cuando llegamos a la altura del último y no vemos zona de aparcamiento ni VW negro alguno, nos asaltan las dudas: “¿Seguiremos caminando con la maletita? ¿Aparecerá nuestra salvadora? ¿Y si nos quedamos tirados aquí de mala manera?” Cinco minutos después vemos a los lejos una figura humana caminando por el arcén hacia nosotros. Es la colega del VW, que al llegar nos saluda con un sonriente ‘Hola’ y cuenta que ha dejado el coche al lado del otro puesto, el montenegrino. Estamos, como quien dice, en zona de nadie.

Luego nos contará que estos atascos son habituales en los 20 días de mayor afluencia turística del año: o sea, este mes de agosto. El resto, el paso se atraviesa con normalidad. No os aconsejo que lleguéis a la espectacular bahía de Kotor por carretera de noche. Nos perdemos las mejores vistas. Compartimos varias frases esporadicas y, entre ellas, la chica nos suelta en un impecable castellano: “Tenemos una hora para llegar”. Le aplaudo.

Nuestra amable conductora de nombre impronunciable se nos despide ante nuestro hotel y protagonizamos uno de esos momentos ridiculos que hay en los viajes. Hace amago de darme un beso en la mejilla a modo de despedida, yo entro al trapo y después le sorprendo al intentar darle el segundo. Nos reimos. Y me explica: “En Montenegro nos damos dos, pero en Serbia son tres”.

El recepcionista de nuestro hotel nos da la bienvenida y corrobora esta incipiente amabilidad montenegrina y también su don para las lenguas latinas. Nos cuenta que entiende español bastante bien porque es parecido al italiano. Y porque (esto ya lo había oído antes) en estos paises se ven muchos culebrones (“soapbox”) sudamericanos. “Y la gente llora un montón”, dice. Nos reimos.

Una agradable cena junto a la muralla de la ciudad vieja de Kotor remata nuestro primer día. Vienen a saludarnos los gatos del vecindario. Hay música en vivo en la calle, mucho ambiente y un paisaje arquitectónico que promete. Os dejo unas fotillos del paseo nocturno. Mañana más.

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Montenegro y Albania, allá vamos

Cinco aviones

Tres coches de alquiler

Dos transfers aeropuerto/hotel

Dos autobuses

Un barco (por ahora)

Cinco países. Y dos más si sumamos las escalas.

Seis alojamientos.

Comienza el viaje. Si sobrevivimos al trajín, os iré contando por aquí.

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