El Bowie que me queda

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Llevo toda la semana dedicando a David Bowie los ratos que tengo para escuchar música. Por lo general, de camino por la calle de aquí a alla, en la mañanas soleadas, en las noches frias camino a casa después de la jornada de trabajo. Reescucho las viejas canciones que ya conozco  y me suenan distintas, revestidas de una belleza mágica, atravesadas por acordes siempre sorprendentes, todas impecablemente modernas aunque tengan treinta años. “Eso es porque se ha muerto”, me explico a mi mismo. “Pero ¿por qué la música de un artista recién fallecido me tiene que sonar distinta?”, me contesto, como el niño que se resiste a aceptar la respuesta tan tajante como ilógica de papá al nene que atraviesa la etapa preguntona.

Nunca me compré un disco de Bowie. En la etapa en la que compraba discos regularmente, claro. Siempre lo tuve por un avanzado de su tiempo, un tipo algo excéntrico en el mejor sentido, de los que hacen evolucionar gustos y tendencias, y cuya música contemplaba sin demasiada pasión como una interesante carrera llena de altibajos desde mi ignorante mirada subjetiva. En cada etapa estilística de las mil que emprendió, yo casi siempre estaba interesado en otra cosa: primero en Formula V y la original “Cuéntame”, luego en aquel pop rock comercial de los 70, en el rock sinfónico, el techno de los 80 y el pop español de después, la new age de primeros de los 90, el “brit pop” que estalló a continuación, los indies españoles este siglo… A lo largo de todo ese tiempo, Bowie siempre anduvo por ahí  hacieDavid Bowie performing at the Hammersmith Apollondo cosas que yo reconocía interesantes, con alguna canción que siempre me puso la piel de gallina (“Space Oddity”, “Life on Mars”, “Heroes”), otras que me gustaban de bastante a mucho y una gran mayoría de éxitos que, a mi superficial entender, “estaban bien” .Y ya.

La semana anterior a su muerte celebré la salida de su último disco como se celebra el ímpetu incansable del viejo rockero que nunca muere y la escucha superficial del primer single me dejó un poco frio tirando a indiferente. Tuvo que morirse de golpe el jodido para, en la medida en que fui sabiendo de la elegante discreción con la que decidió dejarnos y su voluntad de crear e innovar volcando su energía hasta el último minuto, que fuera creciendo poco a poco mi admiración por su figura como músico revolucionario de larguísimo recorrido. Inluso me he entregado a ver videos de sus conciertos, sus exitosas colaboraciones con otros artistas, y advierto allí a un tipo simpático, un artista entregado, alguien que ya me cae bien de forma natural y bastante lejano al tópico que un día lo clasificó en mi cabeza como ‘extravagante’. Será tal vez por el clásico dicho de que no apreciamos lo que tenemos hasta lo que perdemos, pero la certeza de saber que no volverá a sorprendernos con sus creaciones debe ser lo que reviste del aura de mito al músico muerto. Y a traves de ese aura sus virtudes aumentan, valoramos con más benevolencia su imagen, justificamos sus lados oscuros, emerge para siempre ese pedestal que eleva a las bowie-mercuryfiguras que pasan a la historia y que llamamos carisma.  Creo que eso pasa con muchos de los personajes -hoy toca hablar de los músicos- cuando se nos mueren; que se vienen arriba en nuestra consideración de forma épica. El carisma que se ganaron gente como Freddie Mercury, Antonio Vega, Amy Winehouse, todo el Club de los 27 y más recientemente reciente tipos como Cocker y ahora Glen Frey, de los Eagles, esa ola de elogios a todo lo bueno que nos dieron arrastra a quienes les contemplaron desde el margen y genera un tsunami de adoración mundial que durará varios días, tal vez semanas. Por eso, cuando la ola pase y llegue la resaca, será cuando apreciemos apreciemos en la medida correcta la dimensión de su figura artistica y la aportación que nos dejó a la historia de nuestras particulares emociones personales con banda sonora.

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Un rey mago en el metro

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(*) El anónimo rey mago, por los pasillos del metro

 

Fue este sábado, durante una escapada a Madrid, cuando me encontré a un rey mago en el metro. Me sorprendió verle desprovisto de cualquier signo de lujo, joyas ni túnica real. Tampoco vi cerca a ninguno de sus pajes ni a los míticos camellos con los que cruzan el desierto en su largo camino desde Oriente. En vez de corona, adornaba su cabeza un viejo sombrero negro, acorde con su traje antiguo, camisa clara y corbata morada con rayitas blancas. Y no llevaba barba blanca, ni castaña ni morena, ni mucho menos estilo hipster, sino que lucía un discreto bigote. A pesar de su estupendo disfraz de camuflaje, le distinguí porque sostenía entre sus piernas un gran paquete casi tan largo como él mismo, empaquetado y transportado en una bolsa que delataba su real origen; “Juguetería El Rey Mago”. Y uno no es tonto.
Confieso que estuve tentado de acercarme a saludarle y a entregarle mi propia carta con mis deseos para la noche de mañana. Me disuadió su porte austero y serio, lejos de la calidez y la sonrisa que siempre suelen exhibir Melchor, Gaspar y Baltasar. Mi Rey Mago viajaba sentado, abrazado a su enorme paquete y con la mirada perdida en alguna parte, seguramente lejos del vagón de metro, cuando la megafonía nos avisó de que llegábamos a nuestro destino.
Al ponerse en pie, advertí que le escoltaba una reina maga con un paquete más pequeño, sin duda procedente del mismo bazar del Medio Oriente. Ambos subieron pesadamente las escaleras y emprendieron camino por los anchos e interminables pasillos que conducen al vestíbulo de la estación. No pude evitar robarles una foto (*) que acreditara mi relato y descarté acercarme a saludar. Seguramente habría generado un momento embarazoso. Imagino cuantos Reyes Magos con traje, bigote y tal vez sombrero se afanan estos días en cumplir la ilusión de sus nietos en hogares en los que los padres no dan abasto para todos los gastos de la casa. Y sospecho que este rey mago con el que me topé el sábado en el metro, quién sabe, será uno de aquellos que estos últimos años viene estirando la pensión para tapar los agujeros de la economía domestica de hijos y nietos, esos mismos abuelos que desde el 1 de enero se han tenido que dar con un canto en los dientes al ver que sus pensiones subían un 0,25%, el aumento más bajo que permite la ley, y que con esa subida de sueldo este año podrán tomarse dos cafelitos más al mes en el bar del barrio.
Ha llegado el año nuevo y hemos saturado nuestras redes sociales con mensajes a familiares y a amigos en los que deseamos que el 2016 traiga mucha felicidad y muchas buenas nuevas a todos. Todo muy bien. Pero es un error esperar que los próximos doce meses por si solos vengan a arreglar nuestros problemas. Una de las viñetas que circulaba la mañana de Año Nuevo lo explicaba de forma muy lúcida, dejando en obvio y ridículo el típico mensaje de la fecha. “Los años son siempre iguales. Los que cambiamos somos nosotros”, decía un niño mirando al lector con toda su inocencia de niño. “Por eso, para 2016 les quiero desear… un muy feliz ustedes nuevos”.
Perdí la pista de mis reyes magos entre la multitud. Imagino que este fin de semana numerosos reyes magos con o sin traje, con o sin sombrero pero en cualquier caso sin corona ni túnica habrán recorrido los centros comerciales de Salamanca con las cartas de los nietos en el bolsillo cumpliendo esa impagable labor de apoyo al trabajo denodado de Melchor, Gaspar y Baltasar. Reyes magos y reinas magas, que este puesto sí que es paritario. El año nuevo ha llegado, el sol sigue saliendo por el Este, en España seguimos sin pacto de gobierno a la vista y el mundo continua conteniendo la respiración ante la amenaza yihadista. Nada de lo fundamental va a cambiar con la renovación de nuestro calendario. Somos nosotros los llamados a escribir un año nuevo mejor, más próspero y más solidario para todos, gracias al ejemplo de protagonistas anónimos como mi desconocido rey mago con sombrero que viajaba en metro este fin de semana.

(La Gaceta de Salamanca, 4-1-2016)

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Aquel curso del 81. Y aquellos malditos lunes

La memoria tiene sus caprichos, y la mía utiliza mi historial académico para recordar acontecimientos importantes. Franco se murió en octavo de EGB, el primer ascenso de Osasuna lo viví en tercero de BUP y la cogorza impresentable el botellón posterior al 12-1 a Malta fue antes de las navidades de tercero de carrera. Pero el año de COU fue especial. Aquel año pasó de todo, siempre había malditas pistolas de por medio y casi siempre sucedió en lunes.

Aquel curso de COU fue para mí especial por muchas cosas. Dejar el colegio de curas despues de diez años para vivir la experiencia de un instituto mixto que se inauguraba precisamente ese año fue toda una aventura emocionante para aquel adolescente timido que era yo (léase: ¡habia chicas!). También era un chaval formal y buen estudiante, y tal vez por eso mis padres no opusieron mucha resistencia cuando los conté que mis amigos y yo queríamos probar aquello antes de ir a la Universidad. Siempre he agradecido su comprensión, y supongo que ayudaría el importante recorte en el precio de la matrícula.

Todo era distinto en aquel instituto con profesores jóvenes a los que tuteábamos. Pero iba a contaros que en aquel curso pasaron demasiadas cosas. Fue el curso en el que el turco Mehmet Ali Ağca intentó matar al Papa Juan Pablo II pegándole cuatro tiros en la plaza de San Pedro. Sucedió un miércoles 13 de mayo.

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Pero es que dos meses antes, el lunes 30 de marzo, John Hinckley, Jr. tiroteó al presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y a otras tres personas a la salida de una conferencia en el Washington Hilton Hotel. Fue el primer presidente estadounidense tiroteado en toda la historia que salió vivo del trance para contarlo.

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Y es que un mes antes de esto fue el 23F, y ya sabéis que paso. También un lunes. No hablábamos de otra cosa en la mañana siguiente, mientras Tejero y los suyos mantenían retenidos a los diputados en el Congreso. En la hora del bocata matinal de chorizo y el botellín de cerveza, en el bar al que solíamos ir cada mañana solo se oía a José María García retransmitiéndolo en directo por la radio.

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Y esta remontada histórica por mis recuerdos del curso 80-81 culmina en la desgracia con la que arrancó todo y a la que quería llegar. Tal día como hoy hace 35 años, un lunes 8 de diciembre de 1980, un pirado llamado Mark David Chapman asesinó de cinco disparos a John Lennon a la entrada al edificio Dakota de Nueva York. Aquel obsesionado hijo de puta nos privó de quién sabe cuántas canciones bellas que nos habrían hecho felices estos años. Maldita sea su memoria.

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PD: La conocida canción que tiene que cerrar obligatoriamente esta entrada sonaba y sonaba en todas las radios del mundo desde un año y medio antes del asesinato de Lennon. Según cuenta Barbara Mikkelson y recoge Wikipedia “Bob Geldof explicó que escribió la canción después de leer un teletipo en la radio del campus de la Universidad del Estado de Georgia, WRAS, sobre el tiroteo cometido por Brenda Ann Spencer, de 16 años, que disparó en el patio de la escuela elemental de Grover Cleveland en San Diego, California, el 29 de enero de 1979. Mató a dos adultos e hirió a ocho niños, así como a un oficial de policía. Spencer no mostró ningún remordimiento por su crimen y la única explicación que dio sobre su acción fue “No me gustan los lunes. Esto revitaliza el día”

“I don’t like Mondays” – The Boomtown Rats

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La actriz un poco moñas y el segundo batería más rico de UK

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Lily Collins, junto a papá Phil

 

Zapeando aquella noche en el sofá caí en una pelicula que pronto clasifiqué en la categoría de “bastante moñas”. A una chica bastante mona se le iba a casar su mejor amigo y ella intentaba disimular que no le hacia ni puta gracia. Reconocí a la actriz de haberla visto en alguna parte como “joven promesa”. Era Lily Collins, hija del músico Phil Collins. Recordé entonces aquellos créditos en los primeros vinilos del viejo Phil en los que mencionaba a su mujer y a sus hijos, y me pregunté si esta Lily era alguno de los niños que salían en la portada interior del primer disco en solitario (cuando las ediciones en vinilo daban para eso).

No, esta joven actriz emergente y un poco moñas no podía ser la niña aquella de la foto en el sofá. Un minuto en Google y un poco de sentido común me llevaron a la conclusión de que era demasiado joven. El estreno en solitario de Phil Collins fue en 1981 y , además, recordé que este hombre ha tenido no se cuántas parejas y un montón de hijos. Abandoné la búsqueda mientras en la televisión Lily Collins se declaraba a su amigo en plena boda (de él), lo que generalmente podría considerarse una mala idea en la vida normal, pero a los diez minutos y varios días después el chico corría a buscarla después de haber comprendido el mensaje (un poco lento el chico), decían alguna moñería más, se besaban y FIN.

Esta bobada sin trascendencia alguna me trajo a la memoria la existencia de Phil Collins, lo que fue y lo que es. Quien le haya conocido en la última década como compositor mainstream de baladas blandas y diría vulgares, como “el tío de la banda sonora de Tarzán”, ha recibido apenas un débil eco de aquel energético batería barbudo y melenudo que en los 70 se sumó a uno de los proyectos musicales más fascinantes del rock llamado ‘progresivo’, un término del que sigo sin tener maldita idea de lo que significa. La formación mítica de Genesis -Gabriel, Hackett, Banks, Rutherford y Collins- aunaba el desparrame lírico de unas letras tan surrealistas como inspiradoras (este concepto está de moda) y el virtuosismo musical que acompañaba frecuentemente al rock sinfónico, ese género viejuno que para muchos resulta un latazo pero que al chaval de 17 años que era yo cuando los conocí le torció el cerebelo y le disparó la sensibilidad musical hasta niveles inimaginables hoy.

Happy Genesis

18th May 1977: British rock group Genesis, from left to right Phil Collins, Tony Banks and Mike Rutherford, in the back of a limousine on the way to the LA Forum where they are performing. (Photo by Graham Wood/Evening Standard/Getty Images)

No era Phil Collins el más sobresaliente en aquel virtuosismo de Génesis, aunque con el tiempo se acercó bastante. El calificativo le hace más justicia al teclista Tony Banks o al guitarrista Steve Hackett. Otro día volveré sobre ellos. Collins sí alcanzaba el notable en una banda que también exploraba rítmos infrecuentes y, con ellos, la pericia de su batería. Tras la marcha de Peter Gabriel, alma del grupo, Collins adquirió protagonismo como nuevo cantante principal y empezó a colar composiciones en una posterior discografia que, como no podría ser de otro modo, fue evolucionando (léase languideciendo) en los años posteriores hacie un estilo menos arriesgado y más comercial. Ya sabéis, la historia de siempre.

facevalueSurgieron como era de esperar los proyectos personales de sus integrantes y Collins publicó el suyo, “Face Value” (1981).Estos días he vuelto a escucharlo con agrado, porque treinta y cuatro años después sigue pareciéndome un buen primer disco, con joyas valientes como el single “In the air tonight” y su atómica explosión de la batería a mitad de la canción, y pequeñas joyitas como esta otra que comparto a continuación, “The roof is leaking”, el tejado tiene goteras y el invierno es frío, pero aquí seguimos, aguantando.

 

PD: Decía The Sunday Times en 2011 que la fortuna de Phil Collins alcanzaba los 115 millones de libras y que es el segundo batería mas rico del mundo, detrás de Ringo Starr. Ahí queda el dato.

The roof is leaking – Phil Collins

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Un libro olvidado en el asiento del tren

El tren que esperaba llegó por fin. Fue deteniéndose lentamente mientras yo empezaba a caminar por el andén, en el sentido contrario a la marcha, buscando mi vagón y localicé la puerta cuando por ella ya estaban descendiendo con miradas inseguras los pasajeros que terminaban allí su trayecto. Eran chicos y chicas jóvenes en su mayoría, alguno de mediana edad, que portaban equipajes no excesivamente grandes, algunos con formas no convencionales. Cuando bajó el que parecía el último, tiré hacia arriba de mi gran maleta, que almacenaba casi tres semanas de ausencia tras un lejano y complicado viaje, y tras instalarla en el portaequipajes del coche me acomodé en mi asiento. Comenzaba el regreso a casa. Por delante, tres horas de lectura, intercalando seguramente alguna cabezada y ratos de plácida contemplación del paisaje. Exactamente eso que los conductores apreciamos cuando cambiamos el coche por el transporte público y dejamos la prisa a un lado. Saludé a mi compañera de asiento y fue justo entonces cuando vi el libro que se había olvidado el pasajero (o pasajera) anterior, depositado en la redecilla delantera. No había tiempo para salir a devolvérselo: el tren ya estaba saliendo de la estación.

Viajes y literatura son conceptos estrechamente hermanados desde siempre. Las experiencias de los viajes alimentan la literatura y los libros acompañan al viajero, especialmente cuando viaja en solitario. Si las preocupaciones del trabajo no rondan por medio, la lectura placentera es una de las mejores actividades para ocupar las horas en las que a uno le transportan de un lado a otro. Ese era mi caso y por lo visto, el del usuario (o usuaria) olvidadizo que se bajó en la ciudad desde la que yo partí. Pronto supe unas cuantas cosas de él (o ella) apenas tomando el libro en mis manos y abriéndolo por el papelito que había usado como marcapáginas en su lectura, hasta la aproximadamente la mitad del volumen. Y después, sabría unas cuantas más.

El libro estaba en italiano. Y escondía un billete de avión de dos días antes de una compañía aérea low cost­ correspondiente a un vuelo de Venecia a Barcelona. Y un nombre. De pronto aquel trivial hallazgo disparó mi interés por la vida de ese misterioso viajero que había olvidado involuntariamente tantas pistas sobre su vida en ese vagón de tren. O viajera, porque el nombre supuestamente italiano que figuraba en el billete tampoco me sacaba de dudas. Esa investigación sobre la vida ajena se convirtió en la ocupación más interesante de mi viaje de vuelta de vacaciones. Algo parecido a la pasión arrebatadora que dispara las audiencias de los programas de telerrealidad cuando los ciudadanos decidimos curiosear en las vidas ajenas de aquellos, todo hay que decirlo, que anteriormente han decidido exponerlas en público. Yo hice un poco de lo mismo: saqué el smartphone, busqué en las redes sociales y no tardé mucho en averiguar lo que él quiso compartir con el mundo con las fotos y datos a los que pude acceder. El libro pertenecía a un músico italiano, experto en barroco e integrante de la orquesta que acompaña en su gira por Europa a una famosísima diva del bel canto. Y probablemente será
padre de familia preocupado por sus continuas ausencias del hogar. Porque el libro, que tengo ahora delante, se titula “Padri presenti, figli felici. (Como essere padri migliori per crescere figli sereni”. No hace falta comentar mucho más.

De ese viaje en tren, hace apenas unos días, he aprendido una cosa importante: tampoco conviene gastar la batería del móvil investigando la vida de nadie sin pensar en que más tarde pudiera necesitar la conexión a internet para averiguar cómo regresar a casa. Porque el hombre propone y Renfe dispone. Aquel tren que nos había llevado a mí y a mi antecesor italiano tuvo que detenerse más tarde por una avería en el sistema de señalización y no llegó a Palencia hasta 45 minutos después de la hora prevista. Eso me hizo perder la conexión en autobús que me traería hasta aquí, para la que ya llevaba el billete en la cartera, y me obligó a buscar a la desesperada si llegaba a los últimos trenes a Valladolid, primero, y luego a Salamanca para alcanzar mi destino.

Hice una foto al libro y se la dejé en su Facebook. Por si quiere recuperarlo.
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Noche de eclipse y maleta

Una hora de frío y silencio. Si, yo soy el chalao que estaba de madrugada con el minitrípode haciendo fotos al cielo. Nadie, absolutamenta nadie por la calle, y en todo ese tiempo apenas pasaron un coche y dos seres humanos: el primero, un chico que tenía pinta de volver a casa con la vista fija al frente. Más tarde, otro que anunciaba su llegada con la ensordecedora carraca de su (estruendosa) maleta con ruedas camino, supongo de la estación. Parapetado como yo estaba en un rincón recogido del lateral del edificio, yo lo oía llegar y temí darle un susto cuando me viera. Detuvo su atronador camino dos veces; la primera, antes de que apareciese ante mi vista, en un instante que se me hizo eterno mientras yo peleaba con el zoom, el enfoque, la estabilidad del trípode y la madre que les parió. Pocos segundos después, cuando caminaba ante mí de derecha a izquierda se paró de nuevo, silenciando su ruidosa maleta. Pero no llegó a advertir mi presencia, abstraido como iba por… la pantalla de su móvil.

Ninguno de los dos se dieron cuenta de que allí arriba se estaba produciendo un espectáculo grandioso: estábamos haciendo sombra nada menos que a toda la Luna.

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Medianoche en el garaje. Y un pincho musical

Aparqué en el garaje, apagué el contacto y recogí las cosas tiradas en el asiento del copiloto. La cámara de fotos, la cartera y las gafas de sol. Ah, y el pincho USB del autorradio. Una maravillosa colección de canciones, tan bellas como minoritarias y que jamás sonarán en los 40 Principales, con las que conduje semihipnotizado en mi corto viaje. Salí del coche y, al tiempo que cerraba la puerta, oí sonar algo metálico que caía al suelo. Ay, joder, el pincho. Que además no es mío, me lo ha prestado mi amigo Fer, gurú del universo musical independiente.

Miré al suelo y no estaba. Algo menos de medio metro hasta la pared y ni rastro del pincho a la vista. Con las manos ocupadas, me incomodó la idea de tener que agacharme para buscarlo bajo el coche. Volví a abrir la puerta del conductor, dejé las cosas sobre el asiento y puse la rodilla en el suelo. Primera mirada: nada. Me agaché más, casi rozando con la mejilla el fresco cemento del suelo de la séptima semiplanta del garaje de mi edificio, la última. Allí al fondo estaba el cabrón, tal vez bajo el centro exacto de gravedad del vehículo, difícilmente al alcance de la mano por cualquiera de los dos lados. Tendría que mover el coche por el puto pincho, mierda. La escasa luz del fluorescente general apenas alcanzaba allí abajo. Era medianoche. Silencio total. Antes de volver a arrancarlo, tirado en el suelo como estaba, tenía que intentarlo al menos una vez. Mierda, a ver si no me mancho. Estiré la mano.

Y en ese momento lo pensé. Ahora se mueve el coche y adiós. Menudo forma más absurda de palmarla. Vi los titulares del día siguiente: “Muere atropellado por su propio coche en su propio garaje”. Y aquí nadie iba a venir a buscarme. Recordé ese programa que pasaban hace no mucho en la tele de madrugada, “1.000 maneras de morir”… Pues yo sería un capítulo bien gracioso. Todo eso me asaltó embarulladamente la cabeza en los cinco segundos en los que estiré el brazo al máximo, alcancé la memoria externa verde y blanca, recogí los bártulos del coche y salí pitando hacia el ascensor de la comunidad.

Qué mal rollo. Y ahí decidí que tenía que contarlo.

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